jueves 10 de julio de 2008

El queso que Íbeld y Manda comieron



“Fue el joven Manda a llevarle queso al maestro Íbeld. Éste lo vio preocupado y le preguntó el motivo:
-Maestro –respondió Manda con el ceño fruncido, mirándose fijamente los pies-, ¿no tuvo la sensación, alguna vez, de que todo se ponía en contra suya y no tenía manera de arreglarlo por mucho que lo intentara? ¿Tuvo siempre respuestas para todo?
Entonces el maestro Íbeld tomó aire y comenzó a contarle una historia.

-Había una vez un mar muy, muy grande.
Dentro de él había una barquita.
El mar era enorme, inmenso. Sus aguas se extendían hacia el infinito. Tantas olas eran que, según se decía, no cabían todas, y las más lejanas se resbalaban por el borde del mundo.
Dentro de la barquita había un hombre.
Pero esa barquita estaba justo en mitad del gran mar. Así pues, ¿cómo había llegado hasta allí?
Un buen día, aquel hombre se despertó, como todas las mañanas. Vivía en un pueblecito costero, y cada día salía a pescar. Aquella mañana, sin embargo, sólo dijo unas palabras, tres, sólo tres: “Estoy muy cansado”.
Así que se montó en su barca, y al terminar el día no volvió. Simplemente se quedó sentado, muy quieto, mirando el infinito azul; el azul del mar, del cielo, de las olas que mecían su barquita diminuta. Pronto se hizo de noche.
El mar seguía azul. El cielo seguía siendo azul. Nada había cambiado.
Los días –y las noches- se sucedían. El hombre no remaba, ni bebía, ni comía, porque todo lo había dejado atrás. Sólo contemplaba silenciosamente lo que le rodeaba, que no era más que azul.
Pero todo lo que tiene un principio ha de tener un final. Así que el hombre se encontraba en medio del mar, sin comida, sin agua dulce, y sin remos. No veía nada, no podía guiarse, porque no había punto de referencia alguno. Por fin, dijo en voz alta:
-Estoy muy cansado.
Pero nada cambio. El mar y el cielo siguieron siendo azules.
Repitió aquellas tres palabras durante un buen rato. Viendo que nada sucedía, murmuró para sí:
-Estoy…muy…cansado…
Su voz se fue haciendo más alta a medida que hablaba.
-Estoy muy cansado, y no tengo ganas de hacer nada. No tengo ganas de comer, pero tengo hambre. No siento ganas de beber, y la sed me acucia.
Se miró las palmas de sus manos, que eran oscuras. No eran azules.
-Pero…-se frotó las manos- Ya que no tengo ganas de nada, tampoco me apetece rendirme.
Levantó la mirada de sus manos y vio el sol. Era de un amarillo muy intenso.
Entonces aquel hombre metió las oscuras manos entre las olas y comenzó a remar.
Realmente no sé qué fue de él, pues nadie más había con él en la barquita. Puede que regresara a su hogar en el pueblo costero; o puede que las olas se lo tragaran de forma irremediable; que muriera de sed, y de hambre; y también pudiera ser que resbalara por el borde del mundo, sin llegar a ningún lado en particular.
Al menos sí sé una cosa. Que no se rindió.
Así pues, tú sabes que estás cansado, y que no tienes ganas de nada; siendo así, ¿cómo vas a tener ganas de rendirte? Aunque el mar y el cielo, todo, se unían contra él, y no había visos de que esto cambiara, ¿significaba eso que no tendría solución? No dejes de luchar porque no veas más allá del azul del mar y el cielo: entre ellos está el horizonte…

Manda asintió con la mirada perdida, hasta que al fin habló:
-Disculpe, ¿se va a comer usted solo todo ese queso?
El maestro lo miró largamente y en silencio:
-¿Seguro que has oído todo lo que te he dicho?
-Por supuesto. Claro que sí.
Íbeld frunció el ceño y masculló:
-Supongo que podríamos compartirlo.
Aquel era un buen queso. Pero luego pensó que también había sido una buena historia.”

Foto y texto de Yaresse:
http://www.fotolog.com/yaresse/14334919

1 comentarios:

uyulalanoessilencio dijo...

Hey, en la entrada estaba puesto; la foto es de kumiwi: http://kumiwi.deviantart.com/art/sea-75847101

Ya me gustaría a mí haberla hecho x3
PD: gracias!
PD2: ayer vi un pañuelo rojo clavado al tuyo XD